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La riqueza de la fidelidad

La verdadera fidelidad conyugal es mucho más que la mera ausencia de adulterio.

 

La genuina fidelidad es “un estado del corazón” en el cual están presentes el amor, la amistad y la responsabilidad.  Sin estos rasgos del corazón ¿Qué clase de fidelidad podría existir entre marido y mujer? Por eso, aunque un hombre o su esposa jamás lleguen al extremo del adulterio, incurren en cierta forma de infidelidad cuando dejan de amarse, cuando se tratan con hostilidad, o cuando una actitud de sostenida indiferencia los lleva al desprecio recíproco.

Se ha dicho que un amigo es aquel que multiplica el gozo y divide la pena, cuya fidelidad es inviolable. El amigo es también aquel que queda a nuestro lado cuando los demás nos dejan solos. Estos conceptos valen en primer lugar para la vida matrimonial.  El marido fiel es el mejor amigo de su mujer. Por eso la cuida, la protege, la comprende y la respeta, porque sobre todo la ama. Y exactamente lo mismo hace la buena esposa con su marido.

Esta es la hermosura de la verdadera fidelidad conyugal, que asegura la dicha y la armonía de los esposos que los libra de celos indebidos, y que les permite construir un hogar sin sombras.

Para que la planta de la fidelidad crezca y fructifique, es menester regarla con el amor, abonarla con la cortesía y podarla con el diálogo sincero. De esta manera los esposos irán acrecentando cada día su propia madurez afectiva y desarrollarán una mayor comprensión mutua.

El matrimonio se estanca y tiende a morir cuando prevalecen el egoísmo, el amor propio, la frialdad, los celos y la intolerancia.  ¿Cómo se encuentra su matrimonio? ¿Progresa, retrocede, o está estancado? ¿Habla usted con su cónyuge para lograr juntos una felicidad creciente? ¿Le suele pedir a Dios la capacidad, paciencia, amor y ternura para aumentar la riqueza de su fidelidad matrimonial?